Liliana Mainardi es una poeta, una lectora incansable. Una zurcidora de la palabra, a las que sostiene del olvido. Con tres obras publicadas- Surco abierto, Río adentro y Huellas del fuego– nos sitúa en un viaje a través de su mundo.

Su poesía trepa por una enredadera que va dando paso al sonido de los pájaros, que se mezclan con los arroyos y veneran en pequeños rituales al fuego. Liliana entra y sale de ese universo invocando al lenguaje.

“Las palabras se van juntando, hermanando a través de los elementos: agua, tierra y fuego.  Cada obra tiene su magia”, confiesa la poeta, que decidió dejar Tortuguitas para enraizarse en Cortaderas.

Poseída por la literatura y enamorada del paisaje que se descubre ante sus ojos, llega su primer libro Surco abierto; que da paso a Río Adentro. Con una nueva obra, Huellas del fuego, Mainardi vuelve a comulgar con las letras.

¿Qué se puede encontrar en Huellas del fuego?

Muchas imágenes que tienen que ver con el ritual del fuego, también el fuego en diferentes estados. El fuego como llama y también cenizas.

¿Cómo fue la selección de poemas, cuántos poemas contiene?

La selección se va haciendo sola casi naturalmente, los poemas van naciendo muchas veces hermanados. Huellas del fuego contiene 70 poemas.

¿Qué te inspira a la hora de escribir?

La naturaleza como fuerza disparadora, la realidad que me circunda, en donde trato de captar el instante en que acontecen las cosas. Los pájaros, el río y la sierra. Muchas veces hay imágenes que se incrustan, lleva un tiempo y un proceso en poder plasmarlas. Hay otras que latente, te acompañan hasta que un día se reflejan en palabras.

 ¿Qué rituales necesitas para sentarte a escribir?

Suelo ir al arroyo con mi cuaderno de apuntes y me siento en una piedra grande que hay allí.  Muchos poemas han nacido sobre ella.  Ese cuaderno me acompaña siempre a dónde voy porque la poesía te puede atacar en cualquier momento. En la calle también he escrito porque las palabras bajan y si no las pasas al papel se vuelan. También sucede que si me preparo para escribir por la noche, entonces me acomodo en un sillón con café y matecitos hasta largas horas de la noche. Muchos poemas han nacido en noches de insomnio, hay un capítulo Luminiscencia en Huellas del fuego, que se ha escrito en noches de luna llena.  Me ha despertado la luz de la luna para hablarme.

¿Qué poetas te han inspirado?

Todo el tiempo somos inspirados e influenciados por lo que hemos leído, estamos leyendo y por lo que estamos viviendo.

Creo que con lo primero que nos hemos conectado va marcando un sendero. Personalmente me ha llegado mucho la poesía de Hugo Mujica, de Leonardo Martínez, Máximo Simpson. Enrique Puccia, José Carlos Gallardo, Alejandra Pizarnik y muchos más. Todo el tiempo estamos moldeándonos; igual que un médano de arena nunca está en el mismo lugar y con la misma forma.

En este momento ¿Qué estás leyendo?

En mi mesita de luz tengo 6 a 7 libros todo el tiempo que voy cambiando, hay algunos libros a los que vuelvo siempre buscando, escarbando, siempre encuentro algo nuevo en lo ya leído. Me gusta releer los libros en diferentes tiempos.  Como te contaba en este momento los libros que estoy escarbando son Pájaros en la casa de Alfonsina Clariá, Tierra Negra de Cristina Domenech, Ahora de Griselda García, Noche Abierta de Hugo Mujica, Cuaderno Blanco de Matías Vernengo y Final de la calle de Juan Emmanuel Ponce de León.

Hace muchos años que vivís en Merlo, ¿Cómo comulgás con Antonio Esteban Agüero?

La obra de Agüero circunda en el aire, la podemos encontrar en todos los rincones de la sierra, en cada vuelo de pájaro, en cada árbol, y en la esencia de la vida. Una obra reveladora para mí, ha sido El peso de la luz en la mano, de Gustavo Romero Borri. Vivo al pie de la sierra en Cortaderas desde el año 2004.

La poesía, según el escritor Rodolfo Fogwill, se escribe sola. ¿Vos creés que es así?

Sí, la poesía existe por sí misma, nos circunda está allí y de repente nos deja oírla.  Entonces es cuando tenemos que estar atentos para poder captarla. Siento que la poesía tiene una sabiduría ancestral y que trasciende por sí misma. Es como el panadero, que se posa en la palma de un niño esperando su próximo vuelo.

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