El escritor argentino tenía 82 años. Fue un narrador incansable, novelista, dramaturgo, un lector y fundador de revistas que dejaron una marca en la historia del país.

“Quiero quedarme en paz con quien me lea”, escribió el autor en el prólogo de su último libro, Del mundo que conocimos. Quizás estas palabras marcan una despedida, o habrá que bucear entre sus letras para encontrar las coordenadas entrelazadas, el guiño final que esperan sus lectores, que hoy se visten de luto. El escritor murió, este martes, a causa de una infección intestinal que lo afectó luego de una cirugía.

Abelardo Castillo nació en Buenos Aires, el 27 de marzo de 1935, a los once años se mudó con toda su familia a San Pedro, lugar que describe en alguno de sus cuentos. A los 17 años regresa a la gran ciudad.

Desde muy joven se sumergió en el arduo aprendizaje de escribir, de pelear con la palabra cuerpo a cuerpo. El primer premio llegó a sus 24 años, de la mano de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou, quienes fueron jurado del concurso de la revista Vea y Lea.

Castillo era un amante de las historias breves, los cuentos eran su talismán.  Su primera historia fue Las otras puertas (1961); luego le siguieron: Cuentos crueles (1966); Las panteras y el templo (1976); El cruce del Aqueronte (1982); Las maquinarias de la noche (1992); Los mundos reales (1997); El espejo que tiembla (2005); Del mundo que conocimos (2017).

Autor de las novelas La casa de ceniza (1968); El que tiene sed (1985); Crónica de un iniciado (1991); El evangelio según Van Hutten (1999);  también escribió las obras de teatro Israfel y El otro Judas.

“Nietzsche pensaba que un buen método para combatir la invasión de libros innecesarios era juzgar a sus autores con el mismo rigor que a los criminales peligrosos. Tal vez por eso, los escritores de otras épocas solían apelar, en sus prólogos, a la indulgencia del lector”, manifestaba el autor más importante de mitad del siglo XX en Argentina.

Un rebelde, intelectual, y comprometido con la realidad social de su pueblo. Escribió en revistas literarias como El escarabajo de oro, El ornitorrinco -la primera y más importante revista de resistencia cultural durante la última dictadura- y El grillo de papel.