El 15 de marzo de 1918, el pulso de la rebelión estudiantil alcanzó uno de sus momentos de máxima intensidad, y la Reforma Universitaria entró en estado de ebullición terminal que confirmaría su destino histórico.

En 1918, a dos años de la asunción al gobierno de Yrigoyen, existían en el país sólo tres universidades nacionales: la de Córdoba, fundada en 1613, la Buenos Aires (1821) y la de La Plata (1890) que reunían un total de 14 mil alumnos.

El sistema universitario vigente era obsoleto y reaccionario. Los planes de estudio estaban décadas atrasados.

La Ley Electoral y la llegada al poder del radicalismo alentó las esperanzas de la clase media de acceder al ascenso social de sus hijos por medio del ejercicio de profesiones liberales.

A fines de 1917, las autoridades de la Universidad de Córdoba modificaron el régimen de asistencia a clase y cerraron el internado del Hospital de Clínicas.

Los estudiantes se movilizaron y crearon un “Comité pro Reforma” que se reunió el 31 de marzo de 1918 en el Teatro Rivera Indarte y declaró la huelga general estudiantil.

El Consejo Superior reaccionó clausurando la Universidad el 2 de abril. La Reforma se iba contagiando en distintas partes del país mientras los jóvenes de Córdoba disolvían el Comité pro Reforma y fundaban la Federación Universitaria de Córdoba (FUC).

Los sectores reaccionarios, horrorizados por la “insolencia” de la movilización estudiantil, cerraron filas bajo el nombre de “Comité pro Defensa de la Universidad” y en los centros Católicos de Estudiantes.

Una delegación de estudiantes viajó a Buenos Aires y se entrevistó con el presidente Yrigoyen, quien nombró interventor al procurador general de la Nación, José Nicolás Matienzo, quien comprobó la veracidad de las denuncias de los estudiantes y presentó un proyecto de reformas al estatuto.

El informe Matienzo dio sus frutos y, a través de un decreto del presidente Yrigoyen del 6 de mayo, se decidió la elección, por parte de los docentes, del consejo y del rector.

Ante estas medidas los profesores más ultramontanos renunciaron a sus puestos, lo que le facilitó la tarea a Matienzo.

El 28 de mayo fue un día histórico para la universidad argentina: por primera vez se votaron democráticamente los cargos docentes de una casa de altos estudios y resultó electa una mayoría de profesores cercanos al ideario de la FUC.

Pero faltaba la elección del rector. El edificio donde se realizaba la elección estaba rodeado por cientos de estudiantes que al enterarse de una maniobra que tramaban los conservadores, invadieron la sala donde sesionaba la Asamblea destrozando todo lo que pudieron, tirando por las ventanas los cuadros de los profesores. Lo único que quedó en pie y se respetó fue la biblioteca.

Se proclamó nuevamente la huelga general, la revolución universitaria y la universidad libre. Los estudiantes marcharon por la ciudad recibiendo el apoyo de la población en general y del movimiento obrero en particular.

Cuando el rector electo Antonio Nores intentó asumir sus funciones, volvieron a producirse incidentes. Finalmente se reunió en su despacho con miembros de la FUC, quienes le solicitaron la renuncia. El rector ordenó a la policía la detención de sus interlocutores.

El 21 de junio, los reformistas dieron a conocer el Manifiesto Liminar, redactado por Deodoro Roca y dirigido a “los hombres libres de América del Sur”.

El movimiento universitario reformista renovó los programas de estudio, posibilitó la apertura de la universidad a un mayor número de estudiantes, promovió la participación de estos en la dirección de las universidades e impulsó un acercamiento de las casas de estudios a los problemas del país. Implantó el cogobierno de la Universidad por graduados, docentes y alumnos; la libertad de cátedra y la autonomía. Las clases medias comenzaban a llegar a aquellos cotos reservados para el poder.

1918: DEL CONOCIMIENTO ESCASO Y LA ELITE A LA REVOLUCIÓN

El 15 de marzo de 1918, el pulso de la rebelión estudiantil alcanzó uno de sus momentos de máxima intensidad, y la Reforma Universitaria entró en estado de ebullición terminal que confirmaría su destino histórico.

Discrecionalidad y autoritarismo, acomodos y prebendas, eran los modos de una elite que se sostenía atrincherada en la mediocridad académica, en medio de una época cada vez más sedienta de conocimiento científico y tecnológico. “Su biblioteca no tenía un solo libro, no ya de Marx o de Engels, sino de Darwin o Haeckel. En el programa de Filosofía, la bolilla 16 contemplaba los ‘deberes para con los siervos’. Los consejos académicos eran vitalicios; los profesores se reclutaban por  ‘leva hereditaria’ entre amigos y parientes pobres de los provincianos influyentes. La investigación era nula y los métodos pedagógicos, primitivos”. (Horacio Sanguinetti).

La influencia de la Córdoba colonial y católica plasmaba su oscurantismo a través de una sociedad semisecreta llamada Corda Frates.

La lucha registró varios episodios de violencia y represión policial e incluso del Ejército, con ocupaciones del Rectorado y otras dependencias de la UNC, y huelgas generales de los estudiantes, como la que se resolvió aquel 15 de junio. En septiembre, 83 estudiantes fueron detenidos y conducidos a la cárcel.

Hubo incluso dos intervenciones a la Universidad de parte del gobierno nacional, entonces en manos del radical Hipólito Yrigoyen.

CÓMO ERA UN DÍA DE CLASE DE MEDICINA EN UNA DE LAS SALAS ESCUELA DEL HOSPITAL DE CLÍNICAS  (Santa Rosa 1564)

Los estudiantes eran casi todos varones. Hasta 1918, sólo dos mujeres habían llegado a doctorarse en Medicina. Los profesores carecían de interés por los últimos desarrollos científicos e incluso solían tener una clara postura clerical, muy cuestionada por los estudiantes.  Las clases en las salas anfiteatro del Clínicas contaban de pocos alumnos, con guardapolvos blancos que cubrían sus trajes.

(Fuente: La Voz del Interior// Felipe Pigna- Historiador-//Redacción)