Pasados unos meses del primer año desde la aparición en los medios de comunicación del COVID-19, y la variante de coronavirus que lo generó (el SARS-COV-2), han variado las fases de políticas y tratamientos sanitarios mundiales. Desde el reporte de esta enfermedad que surgió como una neumonía atípica en Wuhan (China), y a pesar de las diferencias y posicionamientos de los gobiernos y estados internacionales, se evidencian esfuerzos políticos compartidos en materia sanitaria.

Como respuesta a la pandemia, uno de los modelos repetidos de tratamiento es la búsqueda de la inoculación del virus para la generación de los anticuerpos correspondientes, por medio de las vacunas.  Del mismo modo que los confinamientos masivos de la población, cuarentenas, y otras medidas similares se repitieron desde la aparición del COVID-19; diferentes países comenzaron procesos para la generación de vacunas y/o la vacunación de su población. En algunos casos el avance es variado e irregular, donde la obtención de las vacunas y su aplicación es un proceso acelerado, mientras que en otros países aparece como una realidad lejana.

Para estudiar temas referidos a vacunas, y la vacunación, es importante volver al origen de la pandemia, a los fines de comprender el desarrollo acelerado del estado de situación. A finales del 2019 aparecieron los primeros reportes de la Organización Mundial de la Salud, donde reportaba la aparición del virus en China, finalmente identificado como una variación del coronavirus el 9 de enero de 2020. A poco más de un mes desde su aparición, los casos ascendieron rápidamente a más de mil infectados, y llegaron en marzo a cien mil personas enfermas en todo el mundo.

El 11 de marzo la OMS declara al COVID-19 una pandemia, alcanzando a las pocas semanas el millón de infectados en todo el mundo. En el comienzo del mes de abril de 2021 los casos estaban superando los 115 millones, con más de 2,5 millones de personas fallecidas. El avance de la enfermedad no se detiene, recrudeciendo en algunos países y desacelerando su avance en otros, de acuerdo a las condiciones generales y políticas sanitarias abordadas por el estado.

Las terapias intensivas (UTI) de los diferentes centros sanitarios mundiales, como atención primaria de los casos de COVID-19 que comenzaban a surgir, fueron las primeras unidades en testear tratamientos previos para avanzar sobre la enfermedad. En la prueba con medicamentos antivirales existentes, antibióticos para infecciones secundarias, y diferentes drogas podrían atacar el virus de forma efectiva.

Estos intentos constituyen las primeras pruebas para comenzar a definir las características del nuevo coronavirus. Sus particularidades y posible tratamiento para diferentes casos y de intensidad variable, conforme a las patologías de base y las cepas surgidas en múltiples contextos y condiciones sanitarias. Algunos de los debates entre profesionales, investigadores y organizaciones analizaron el suministro de la hidroxicloroquina, remdesivir o la ivermectina, aunque ninguno de estos  tratamientos resultó totalmente concluyente o definitivo.

Del mismo modo, y como procedimiento adquirido desde hace décadas en los sistemas sanitario de los países, la vacuna surge como una necesidad inmediata. Esto conlleva a dos situaciones características frente a una enfermedad con las características del COVID-19, relacionadas con la generación de un tratamiento  primario para toda la población, y en segundo lugar la prestancia de las vacunas para la prevención de enfermedades como objetivo efectivo.

Este modelo no es cosa nueva, ya que la vacunación es un procedimiento rutinario del que participamos desde nuestros primeros días de vida. Cerca de una treintena de enfermedades que afectan a los seres humanos, ya sean niños o adultos, son prevenidas por el empleo de un plan de vacunación, con variantes en cada país. Algunas de las enfermedades, antes mortales, que se han visto aminoradas en su avance mundial incluyen la rabia, poliomielitis, rotavirus, meningitis, paperas, sarampión y la influenza. Y en este espectro, a partir del resultado efectivo de la vacunación, la viruela se muestra como la única de las enfermedades humanas completamente erradicada.

Dentro del contexto surgido por la pandemia ocasionada por la extensión del coronavirus en todo el planeta, el desarrollo científico/farmacéutico de una vacuna eficaz parecía imposible. En el promedio general, diferentes casos históricos dan cuenta de un promedio de diez a quince años para obtener una vacuna, desde la elaboración del primer concepto hasta su aprobación y distribución por canales aprobados por los organismos pertinentes.

Históricamente el periodo más acotado registrado para el desarrollo de una vacuna (destinada a las paperas) duró cuatro años.  Por lo tanto, el desafío era complejo. A pesar de ello, numerosos grupos de investigación comenzaron este proceso, incluyendo estudios preexistentes, con material que les podrían brindar indicios sobre cómo avanzar. La empresa alemana BioNTech (con la colaboración de la farmacéutica Pfizer), comenzó a trabajar en su fórmula de vacuna en enero de 2020. Al mismo tiempo, otra empresa norteamericana, Moderna, siguió este camino. En el mes de mayo la farmacéutica china CanSino Biologics publicó sus primeros resultados de su vacuna testeados en personas.

A mediados de 2020 fueron numerosas las farmacéuticas, apoyadas por instituciones y universidades de diversos países, que comenzaron a trabajar y testear sus versiones de la vacuna para el tratamiento preventivo del COVID-19. En el mes de junio fueron publicados los primeros resultados probados en simios, siguiendo un proceso para su aprobación. Como caso definitivo, las vacunas Pfizer y Moderna fueron autorizadas para uso de emergencia por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos en diciembre. En el mismo periodo Reino Unido aprobó la vacuna Oxford AstraZeneca.

Al mismo tiempo del proceso de desarrollo y testeo de las vacunas, las primeras aplicaciones comenzaron a distribuirse en diferentes modelos y planes de vacunación en todo el mundo. Como caso, la República China había comenzado a vacunar a funcionarios gubernamentales y ejecutivos de empresas desde julio de 2020. Y en noviembre del 2020 el gobierno ruso comenzó a vacunar a las personas con su vacuna, la Sputnik V.

El panorama es complejo. Las empresas plantean diferentes fórmulas y destinatarios, variados plazos de fabricación y eficacia. En general, y a la fecha del registro actual, casi ochenta vacunas de disímiles latitudes están bajo investigación en animales, y otras 71 han llegado a la etapa de ensayo clínico en humanos. Sólo ocho vacunas han sido aprobadas para el uso limitado por las autoridades sanitarias de algunos países. En todos los casos, las vacunas de distribución actual han llegado a su aprobación a partir de conciliar normas internacionales aceptadas para ser empleadas excepcionalmente en el actual contexto de emergencia.

En el contexto mundial, quienes aprueban estas diferentes fases dependen de las principales agencias nacionales de concesión de licencias de drogas. Entre las principales podemos citar la FDA de Estados Unidos, la Agencia Europea de Medicamentos, la Organización Central de Control Estándar de Medicamentos en la India y la Administración Nacional de Productos Médicos en China. Estos organismos exigen estudios permanentes, y a largo plazo, para verificar la fórmula y permitir, posteriormente, su comercialización en el territorio determinado.

En relación a las vacunas desarrolladas para afrontar el coronavirus COVID-19, es importante exponer que no todas han sido generadas a partir del mismo procedimiento. Varias propuestas emplean lo que se denomina ARN[1] mensajero, un material genético que proporciona a las células instrucciones para fabricar proteínas. El material de la vacuna lleva instrucciones sobre cómo la proteína que usa el coronavirus puede ingresar a nuestras células. Una vez que se produce esa proteína, el sistema inmunitario aprende a reconocerla, para posteriormente reconocer el coronavirus real cuando ingresa en el cuerpo.

Otros modelos de vacunas generados insertan material genético dentro de otro virus, generalmente un adenovirus, un tipo de virus que causa resfríos en épocas de invierno. El virus creado protege al gen insertado hasta ingresar en las células, donde comienza a producir la proteína que nuestro sistema inmunológico necesita aprender a detectar el COVID-19. Del mismo modo, otras fórmulas de vacunas emplean proteínas ensambladas en nanopartículas, y otro conjunto usan virus muertos que por su estado no pueden causar enfermedades, pero son identificados por nuestro organismo para la generación de anticuerpos.

A modo de conclusión, en panorama actual para el desarrollo, la producción y modelos de aplicación de las vacunas para afrontar la pandemia, las circunstancias son variadas y complejas. Están atravesadas por las circunstancias sanitarias, políticas y el desenvolvimiento de la investigación y las ciencias de la salud concertadas en cada país. En todos los casos, la llegada de una segunda ola de la enfermedad en nuestro país alerta sobre la necesidad de atender al progreso y revelaciones de la ciencia, el avance del conocimiento sobre el coronavirus y sus mutaciones en nuevas cepas. Las capacidades de intervención política para su derivación en políticas sanitarias que permitan nuevas estrategias basadas en el tránsito y evolución de la enfermedad, tanto en Argentina como en otras latitudes, avanzando de manera integral en modelos de acción a corto, mediano y largo plazo.

Será a partir del resultado y eficiencia de las medidas implementadas, como de las condiciones de cada comunidad para abordar la pandemia desde sus instancias particulares, la vacunación tendrá un marco de incidencia real para afrontar la disminución o el aminoramiento de la enfermedad como modelo reactivo.

[1] Ácido Ribonucleico