Por Guillermo Más, Ingeniero Agrónomo y docente de la UNLC.

El 24 de diciembre de 1968, la tripulación del Apolo 8 tomó una foto de la Tierra desde la órbita de la Luna. El impacto de esta imagen fue enorme: por primera vez percibimos que nuestro gigantesco hogar no era más que una pequeña gran roca en medio del vasto vacío. Veinte años después, Voyager 1 tomaría una imagen que fortalecería esta sensación: nuestro planeta visto desde una distancia de 6.000 millones de kilómetros; apenas un punto insignificante en la negrura de la noche espacial. Ese minúsculo lugar es el único planeta capaz de albergar vida que conocemos, y con tal biodiversidad que excede las fantasías de cualquier autor de ciencia ficción.

Aquel descubrimiento de que nuestra enorme casa tenía, después de todo, un límite, se daba al mismo tiempo que empezábamos a tomar conciencia del grave daño que le estamos generando; las alarmas empezaban a sonar. Desde entonces, poco hemos hecho por corregir la situación que, de hecho, se ha agravado peligrosamente. La comunidad científica reconoce hoy que estamos ante una nueva extinción masiva, sin que entren en juego eventos cataclísmicos, terribles erupciones volcánicas o enormes meteoritos. Esta vez, una sola especie, la nuestra, es la que condena con sus actividades cotidianas a las demás, al punto de poner en serio peligro nuestro propio futuro.

Tenemos hoy un gran entendimiento de como nuestras actividades están afectándonos a nosotros, a nuestra salud física y mental, a los seres vivos que nos acompañan, algunos de los cuales son fundamentales para el sostenimiento del resto de las formas de vida, y al planeta en su conjunto. El cambio climático se está volviendo un espectro cada vez más nefasto en el futuro de la vida terrestre, amenazando con alterar los ciclos naturales terrestres a un ritmo tan elevado que pocas formas de vida alcanzarán a adaptarse. Sin embargo, perseveramos en seguir haciendo las mismas cosas de la misma manera. Vamos camino al colapso planetario y simplemente mantenemos el rumbo.

El Día de la Tierra se instauró hace 50 años como un llamado a la toma de conciencia sobre los problemas que acucian a nuestro hogar planetario: la sobrepoblación, la contaminación excesiva, la pérdida de la biodiversidad. Este llamado sigue siendo fundamental. Estamos lejos aún de haber asimilado las amenazas a las que estamos expuestos y la necesidad de acciones urgentes. Sumado a ello, pesa sobre nosotros la idea de que somos parte de un enorme y complejo sistema que no podemos cambiar y dependemos de que los cambios se generen desde «más arriba». Estaríamos cómodamente condenados a no poder hacer nada. Pero no es así; hay mucho por hacer a nuestro alcance.

El primer cambio que hace falta debe darse en cada uno de nosotros. En nuestra forma de pensar y en nuestra forma de sentir. Tenemos que comprender que somos parte de la gran maquinaria de la vida, a la cual le debemos mucho, y que cuidarla es tan importante como el cuidado que tenemos hacia nosotros mismos. En definitiva, la Tierra es nuestra Gran Casa; una Casa Común, para todos, hoy y en el futuro. Tenemos que comprender del valor que tiene preservarla, un valor tan alto que debería ser un principio moral. Luego, tenemos que asumir la importancia de actuar pronto, y en múltiples niveles. Desde las pequeñas cosas que hacemos cotidianamente, donde podemos incorporar o modificar hábitos que contribuyan al cuidado del medio ambiente, hasta nuestra posición frente a las grandes decisiones que se toman a escala macro. La democracia debe volver a ser «el gobierno del pueblo»; necesitamos volver a involucrarnos con las decisiones que se toman y exigir que las políticas contemplen el futuro a largo plazo, no solo el futuro inmediato. Tenemos que volver a ser actores principales en la democracia y abandonar nuestro lugar actual de actores de reparto. Pero también necesitamos reconsiderar nuestra percepción de nosotros mismos. Dejar de lado el egoísmo y el individualismo con los que venimos moldeando la sociedad moderna y recuperar formas de interacción comunitaria, poniendo las metas conjuntas y el bienestar colectivo por encima de la riqueza individual, y aprovechando las tecnologías de la comunicación para que los lazos trasciendan las fronteras y que la cooperación internacional en pro del bienestar ambiental y humano sea la norma y no una excepción.

En esto, la educación juega un papel indispensable. Debemos educar a nuestros hijos para priorizar aquello que nosotros no supimos priorizar, para resolver lo que nosotros no supimos resolver, pero, sobre todo, para enfrentar un mundo con problemas de los que nosotros seremos causantes pero que hoy no conocemos ni sabemos cómo solucionar. Los estudiantes universitarios hoy serán los primeros en afrontar estos desafíos mañana. La formación que les damos a los profesionales puede ser el comienzo de un gran cambio que ya empieza a darse tímidamente. Tenemos que asegurarnos de darles herramientas, criterios, valores, que les permitan afianzar ese cambio y fortalecerlo. Desde las universidades tenemos un gran responsabilidad por delante: romper con el paradigma actual donde la ciencia y la tecnología son herramientas de un sistema que tiene como meta la generación de riqueza material, y proponer un nuevo paradigma donde el razonamiento y el sentimiento confluyan, donde el conocimiento se equilibre con la ética y la espiritualidad, teniendo como meta el bienestar humano, que está indefectiblemente asociado a la salud de nuestra Casa Común y de todos los seres vivos que la habitan.

Es un desafío inmenso e intimidante. Pero tenemos mucho a nuestro favor. Tenemos un planeta bellísimo que cuidar, y cada una de sus maravillas será una recompensa si lo conseguimos. Tenemos un camino muy largo por recorrer, pero también tenemos la posibilidad de dar un pequeño paso cada día. Y somos miles de millones quienes estamos dando esos pasos; son miles de millones de pequeños pasos que empiezan a darse. Ya hay mucha gente trabajando y haciendo propuestas para contribuir a esta gran causa. Y todas ellas aportan. Hay cada vez más gente interesada en entender qué estamos haciendo mal, y más y más gente uniendo esfuerzos y acciones para generar cambios que nos lleven a una sociedad más sustentable y equitativa. Es momento de formar parte de esta nueva corriente.