El entonces gobernador de San Luis acababa de inaugurar el Aeropuerto Internacional Valle del Conlara. En esta ciudad mantuvo reuniones con gobernadores del peronismo, tras la renuncia del presidente Fernando de la Rúa. Así viajó a Buenos Aires, con la propuesta de encabezar una transición en el máximo cargo político del país.

Hace 20 años, el 23 de diciembre de 2001, Adolfo Rodríguez Saá asumía la presidencia de la Nación ungido por la Asamblea Legislativa en el Congreso de la Nación. Su llegada al famoso Sillón de Rivadavia era una consecuencia de la acefalía que abrió la renuncia del radical Fernando de la Rúa, que dejaba al país sumergido en la peor crisis económica, política y social de su historia.

Aquella asunción quedó marcada por un discurso recordado en el que Rodríguez Saá –un dirigente peronista de San Luis que gobernaba la provincia desde 1983 con amplio respaldo popular– suspendió el pago de la deuda externa para revisar su origen, una medida que le valió una reprimenda furiosa de los sectores financieros y de los grupos más concentrados de la economía argentina.

Pero su elección estuvo antecedida por hechos políticos clave que tuvieron lugar en Villa de Merlo, provincia de San Luis. Por empezar, el día de la renuncia de Fernando De la Rúa, el gobernador puntano inauguraba en las cercanías de esta ciudad el Aeropuerto Internacional Valle del Conlara, que abría amplias posibilidades para el turismo regional. Lo hacía acompañado por un grupo de gobernadores del peronismo, quienes luego respaldarían su designación presidencial, con la condición de que encausara la crisis y llamara a elecciones en tres meses.

Sin embargo, en el trasfondo de estos hechos, líderes del peronismo bonaerense y del radicalismo nacional impulsaban por lo bajo un plan para ocupar la centralidad política del país, con una decisión tomada: devaluar el peso argentino y convertir las deudas tomadas en dólares en deudas pesificadas, lo que licuaría las obligaciones contraídas por los grandes empresarios durante la década del ’90, bajo el imperio de la Convertibilidad.

El líder puntano se negaba a esa salida y proponía alternativas. Pero su plafón era exiguo: no iba a ser electo por mandato popular directo, sino indirecto; entre el grupo de gobernadores del peronismo que le daban su respaldo, emergían figuras que tenían sus propias aspiraciones presidenciales, como Juan Carlos Ruckauf (provincia de Buenos Aires); José Manuel de la Sota (Córdoba) y Néstor Kirchner (Santa Cruz); también Eduardo Duhalde seguía dominando al peronismo de la provincia de Buenos Aires (el distrito más grande del país en términos de población y electores) y sostenía sus aspiraciones de ser presidente pese a haber sido derrotado en 1999 por De la Rúa; y principalmente, los sectores concentrados del mundo financiero y empresario de la Argentina presionaban por una devaluación con pesificación, para lograr la disolución de sus deudas en dólares.

El apoyo con el que contaba inicialmente Rodríguez Saá, entonces, se fue desvaneciendo, y mucho más luego de sus primeras medidas como presidente, que por su impacto lo perfilaban como eventual candidato.

Entre esas medidas se destacaban su histórica decisión de recibir a Madres de Plaza de Mayo en la Casa Rosada, a la que no entraban desde la llegada del menemismo; el acercamiento a la Confederación General de Trabajo (CGT) para la restauración de los derechos laborales; los recortes a los gastos superfluos de la política; el lanzamiento de planes de trabajo que por entonces casi no existían; y el levantamiento del estado de sitio heredado del gobierno saliente de la Alianza.

Claro que con un clima de crisis permanente y de zozobra social, sin respaldo y apuntado por los principales poderes concentrados del país, Rodríguez Saá se encontró en un paso sin salida y decidió renunciar el 30 de diciembre, siete días después de asumir, para evitar conflictos sociales más profundos.

La vorágine y la dinámica de esos días -en los que la Alianza había dejado una estela sangrienta de represión y muerte- quedó retratada esta semana en una extensa entrevista del diario Ámbito Financiero, en la que el actual senador nacional por San Luis recrea sus vivencias. El texto íntegro de esa publicación es el siguiente:

– ¿Dónde estaba y cómo se enteró de la renuncia de De la Rúa?

– Ese día teníamos que inaugurar con los gobernadores un aeropuerto internacional en Merlo (San Luis). Yo iba en auto y me avisan que el presidente quería hablar conmigo. Paro en La Toma, a 70 kilómetros de Merlo, y espero el llamado. Me preguntó si los gobernadores peronistas lo íbamos apoyar o no y le dije que tendríamos una reunión esa noche y que, en mí opinión, iba a haber un acompañamiento. Al llegar a Concarán, o sea media hora después, me avisan que el presidente acababa de renunciar.

– ¿Cómo fue esa reunión de la noche, tras la renuncia?

– Se discutió si debíamos asumir la responsabilidad de hacernos cargo del gobierno. No había muchos en contra, pero lo que se discutía era «que se hagan cargo los radicales del desencuentro que tienen ellos». Al final quedó latente que lo íbamos a hacer, pero todavía no había ningún nombre.

– ¿Y usted ya pensaba ser designado o no lo sabía?

– Nuestra posición era que Puerta asumiera y se hiciera cargo, pero dijo que no. Al otro día de la renuncia teníamos una reunión en Buenos Aires y antes de subir al avión que me tomé desde Merlo me llama por teléfono mi hija Feliciana y me dice: «papá, acaban de decir en Radio Mitre que vos sos el próximo presidente». Yo no tenía un solo ofrecimiento.

– ¿Y se lo confirmaron al llegar?

– Tuvimos acá, en el Salón Gris del Senado, una reunión los gobernadores, que en ese momento yo los lideraba, y la mesa directiva del Senado y de la Cámara de Diputados, donde la única provincia que no tenía problemas económicos y financieros sino todo lo contrario, era San Luis. Y ahí me proponen.

– ¿Hubo objeciones, alguna aspereza?

– Se decidió que la Asamblea Legislativa debía fijarme un mandato, que fue de tres meses, y que la siguiente elección se hiciera con la Ley de Lemas. Y ya quisieron poner alguna condición más y yo le dije al que las proponía: «no, si son tantas las condiciones asumí vos».

– ¿Quién le ponía condiciones?

– El gobernador de Córdoba (José Manuel de la Sota). Me dijo que no pero que le parecía que tres meses para llamar a elecciones estaba bien. Yo acepté eso y bajo esa condición se reunió la Asamblea Legislativa y asumí al otro día.

– ¿Recuerda algún detalle particular de su asunción?

– Creo que fui el único presidente que asumió sin poder elegir el traje. Cualquier otro elige un trajecito lindo, yo fui con el que tenía en Buenos Aires porque vivía en San Luis y cuando salí no sabía que iba a ser yo. Encima estaba muy gordo, pesaba 10 kilos más que ahora y el saco no me cerraba. Tuve que pedirle a un sastre que por favor le diera un retoque.

– ¿Realmente no estaba esperando el momento?

– No. Muchos creen que eso pero no tenía la menor idea de que el designado para hacer la tarea iba a ser yo y la asumí con plenitud de responsabilidad. Sabía perfectamente bien las condiciones en las que estaba el país y los caminos que se podían emprender.

– La Asamblea lo eligió con 169 votos a favor y 138 en contra. ¿Por qué tantos negativos en una situación tan crítica?

– Siete días después eligieron a otro presidente y por unanimidad, y la mitad de sus ministerios fueron para los que votaron en contra conmigo.

– ¿Se refiere a Duhalde?

– (Sonríe y guarda silencio).

– ¿Cómo fue la reunión en Chapadmalal a la que fueron menos de la mitad de los gobernadores del PJ y que disparó su renuncia?

– Les plantee que teníamos que esperar al FMI con una ley de coparticipación federal en trámite, que la habíamos redactado entre todos los gobernadores, ahora yo estaba del otro lado del mostrador y yo la aceptaba. El otro tema fue elaborar un presupuesto sin déficit.

– ¿Cuál fue su reacción al faltazo de seis de los 14 gobernadores?

– Eso hay que preguntárselo a ellos. Yo les dije que íbamos a mandar un presupuesto sin déficit y que el lunes también iba la ley de convocatoria a elecciones, que se las di a los gobernadores para que la corrigieran. Yo quería tener el consenso de todos para que me ayudaran.

– ¿Por qué no hubo acuerdo?

– Ya sabíamos que Néstor Kirchner se iba a presentar, (Carlos) Ruckauf, creo que De la Sota, y como siempre un candidato posible era Reutemann. Cuando trataban eso se propuso que yo fuera el jefe de Gabinete del que elijamos. No lo aceptaron. Ni Duhalde ni Kirchner me nombraron.

– Siempre se dijo que le quitaron el apoyo porque usted quería quedarse hasta 2003…

– Eso lo inventan los interesados. Es parte de la fantasía y de lo que tienen que justificar. Yo cumplí patrióticamente con la tarea y cuando vi que no tenía plafón para continuar presenté la renuncia. Si no, el lunes en Plaza de Mayo íbamos a tener incidentes, que yo no los iba a provocar.

– ¿Es cierto que se quiso meter gente a la residencia mientras se reunían en Chapadmalal?

– No, falso. Hubo una protesta chiquita y fue porque querían que se abrieran los hoteles, estábamos en diciembre, empezaba la temporada. El secretario de Turismo y Deportes era Daniel Scioli y estaba conmigo. Él habló con ellos y se solucionó el conflicto.

– Pero les cortaron la luz del lugar antes de la reunión, ¿Alguna vez supo quién, por qué?

– Actos preparatorios (risas). Cuando llegamos no había ni agua. Tuve que mandar a comprar 10 botellas de agua mineral, dos tres paquetes de velas y le pedimos a los muchachos que compraran fiambre, gaseosa y pan. Pero nos reíamos porque si nos querían dominar con eso, no nos dominaban. Si te suena el gremio de los gastronómicos y la amistad con el que después fue presidente te das cuenta de que fueron actos preparatorios.

– ¿Le atribuye solo a Duhalde esos «actos preparatorios» o maniobras? Porque parece que todos querían ser…

– No, vamos a aclarar. Yo goberné de un domingo a un domingo. El miércoles y el jueves todos querían ser, el primer domingo ninguno quería.

– ¿Cuáles eran y qué pedían los «factores de poder» que, según dijo alguna vez, influyeron en su renuncia?

– Sobre el escritorio del secretario general de la Presidencia había un solo papel y era el borrador de un decreto que se llamaba pesificación asimétrica. Por imperio de ese decreto que yo me negué a firmar y que firmó el gobierno siguiente, los sectores corporativos que tenían deudas en dólares transformaron la pasaron a pesos: aquel que debía 3.750 millones de dólares pasó a deber 3.750 millones de pesos. Al otro día se devaluó el peso, pasó de 1 a 3, llegó hasta 4, quiere decir que la deuda se licuó con 33%.

– ¿Esto se lo plantearon en algún momento de manera directa?

– Sí. Tuve una reunión con (Héctor) Magnetto (CEO de Clarín), que me lo pidió y una el miércoles a la noche en la residencia de Olivos con todos los empresarios, que lo pidieron. Un mozo de Olivos al que yo conocía se me acercó en un momento y me dijo: «Presidente, acá el único lugar que cambia es el suyo». Eran los mismos empresarios que se sentaban con Menem, Alfonsín, después con Duhalde, Kirchner, Cristina, Fernández y Macri.

– ¿Por qué informó su renuncia desde San Luis?

– Porque decidí renunciar no ante el vacío que me estaban haciendo en Chapadmalal y que me podían hacer en Buenos Aires. Fui acompañado por gobernadores, estaba Gildo Insfrán, estaba Scioli… Entre los actos preparatorios estaba no transmitir el mensaje y ATC no lo transmitió.

– ¿Qué medidas o acciones destaca de su breve gestión?

– Creo que en el poco tiempo en que pude desarrollar la tarea lo hice encaminando el país hacia la institucionalización. Fui a la CGT; recibí a los empresarios; a las Madres de Plaza de Mayo; a los directores de diarios; pusimos en marcha un plan de trabajo y levantamos el estado de sitio. Se había prohibido el fútbol y vino el presidente de la AFA a pedirme que autorizáramos el partido entre Vélez y Racing, que se desarrolló sin ningún problema y salió campeón Racing Club.

EL FMI Y EL DEFAULT

– ¿Qué evaluación hace hoy sobre aquella declaración de default y de suspensión del pago de la deuda externa?

– Primero, el default no lo puse yo, fue el gobierno anterior que contrajo la deuda y no la podían pagar. Yo lo único que hice fue decir que no podemos pagar y que primero vamos a recibir qué es lo que debemos y que quien lo tiene que hacer es el Congreso, cosa que dice la Constitución. Veinte años después estamos en la misma situación: volvieron a endeudar al país y volvimos a tener inconvenientes con el FMI.

– ¿No fue un error?

– Alguna vez he leído que mi discurso de asunción significó aislarnos del mundo, mentira. Después del discurso hablé con todos los países, incluido los Estado Unidos, había respeto por la Argentina y un reconocimiento de lo que había pasado. El FMI tenía un enorme arrepentimiento, y hay un informe de febrero de 2002 que reconoce los excesos del organismo que provocaron una situación caótica.

– ¿Es decir que tenía respaldo para suspender el pago?

– Mire, en ese momento hubo gestiones del Tesoro de los Estados Unidos que nos dijeron: «si ustedes siguen repitiendo que van a pagar la deuda es imposible arreglar. Tiene que decir que suspende el pago y entonces se sienta con los acreedores.

– ¿Se podría volver a pensar en algo así?

– No, ahora es otra situación. En el momento histórico era otra cosa. En ese momento era una avalancha a favor de pagar, endeudarse, pero lo que debe gobernar son los estadistas, los hombres y mujeres sabios y prudentes, no los impulsos de la moda.

Fue la decisión más prudente en ese momento. Tanto que permitió que el gobierno siguiente negociara y lograra el 70% de quita.

– ¿Ve similitudes entre aquel país y el de hoy?

– Son escenarios diferentes. Tenemos la mitad de la población pobre, que no tiene para comer, y la otra mitad donde algunos comen poco, otros muchísimo, a otros les recontra sobra, pero que pueden vivir. Y no hay un estallido social porque a estos 25 millones pobres los tienen contenidos con planes sociales y con líderes, en aquel momento no. Y hay dos agravantes que no teníamos: la calidad educativa hoy es pésima, por un lado, y por el otro, el narcotráfico.

– ¿Y respecto de la dirigencia política?

– En este momento no hay anarquía, las instituciones funcionan. Se puede criticar al Poder Judicial, al Ejecutivo y al Legislativo, pero todos los poderes funcionan.

– ¿Cree que eso tiene que ver con haber vivido la experiencia de 2001?

– Sí, en eso hemos mejorado. No hay 14 cuasi monedas y eso es bueno, porque era también parte de la anarquía, porque solo el Estado nacional puede emitir papel moneda y en aquel momento emitía cualquiera. Mientras teníamos cuasi moneda, en diciembre de 2001 pasaban los camiones de Juncadella cargados de dólares, los subían a los aviones y se los llevaban. El pueblo argentino se acuerda, los dirigentes por ahí se olvidan, pero el pueblo sabe que fue así.

– ¿Hay autocrítica en la política, suya o de sus pares, para impedir que se repitan cosas?

– Se repiten muchas cosas. Yo aprendí que primero está la patria después el movimiento y por último los hombres. Hoy la tabla de valores está invertida: primero el dirigente, después su partido y por último la patria. La desangran a la patria. Falta mucha autocrítica.