Por la Dra. en Ingeniería de los Recursos Hídricos y docente de la UNLC, Daniela Girolimetto.-El 22 de diciembre de 1992, la Asamblea General de las Naciones Unidas mediante su resolución A/RES/47/193, declaró el 22 de marzo de cada año como el Día Mundial del Agua, el cual comenzó a celebrarse a partir de 1993, y cuyo objetivo es reflexionar sobre la importancia del agua y la defensa de la gestión sostenible de dicho recurso.

Hoy en día, el agua es considerada un recurso limitado y vulnerable. Si bien el 70 % de la superficie de nuestro planeta está compuesta por agua, sólo el 3% de ella es dulce y de ese 3% sólo el 1% es apta para el consumo.

Este 1%, distribuido en todo el planeta, resulta menos concentrado en ecosistemas de zonas áridas o semiáridas, como lo es la región donde habitamos. Estas regiones presentan reducidas precipitaciones, existiendo, así, una relación condicionante extra entre el desarrollo de actividades cotidianas y el uso eficiente del agua. A esta situación se suman el aumento geométrico de la población, la extensión espacial de las poblaciones, la falta de recursos humanos capacitados para trabajar interdisciplinariamente, falta de políticas de uso sostenible, el avance de la frontera agrícola, entre otras.

Actualmente, y a pesar de los avances científicos y tecnológicos, en el mundo más de 1.000 millones de personas no tienen acceso al agua potable. El 85% de las enfermedades del tercer mundo se deben a la mala calidad del agua. La crisis mundial del agua provoca más de 2 millones de muertes infantiles al año por diarreas. Cada año mueren millones de animales y se pierde el 25% de la superficie agrícola sembrada por efecto de las sequías y las inundaciones. Estas cifras no van acordes al derecho humano al agua establecido por las Naciones Unidas que otorga el derecho al agua en cantidad y calidad para todas las personas.

En este marco, los gobiernos se están haciendo cada vez más conscientes de la vulnerabilidad del recurso agua, y poco a poco, se proponen algunas formas de asegurar un futuro sostenible en materia hídrica que pasan por: conciencia ciudadana; agricultura eficiente; recolección y almacenamiento de agua de lluvia; reutilización del agua; valoración del agua que se consume en términos de conciencia y económicos; planificación hídrica energética, agraria y urbanística; marco normativo eficiente y acceso al agua y saneamiento, entre otras acciones.

En momentos de tensión en lo que respecta al uso del agua, es muy importante recuperar el equilibrio entre el consumo de agua dulce y su renovación natural, y realizar un esfuerzo en concientizar respecto al uso responsable del agua en beneficio de las generaciones presentes y futuras.

Tenemos un gran reto por delante para satisfacer las necesidades hídricas actuales y para no comprometer a las generaciones futuras. Si hacer un uso sostenible del agua no es una utopía sino un proceso de responsabilidad personal, social y gubernamental, la pregunta sería: ¿qué puedo aportar yo, en mi vida diaria, para hacer un uso sostenible del agua?